¡Qué dictadura ni qué las arañas…!

Las falacias caen por su propio peso encima de la ‘autoridad moral’ de sus propagadores

Los problemas y la forma de enfrentarlos dan la talla del ser humano.

El país está a unos días de elecciones y tenemos los problemas de toda democracia.  No estamos en el caso de Colombia, por ejemplo. Ahí los conflictos se le han salido de control al gobierno. El país está en llamas.

Otras naciones sufren conflictos bélicos, o la pandemia los rebasó dramática y peligrosamente. No es nuestro caso, por fortuna.

Es bueno ver a México en perspectiva para revisar dónde estamos parados.

Antes en las mesas electorales sólo se paraban las moscas. Los votos se fabricaban, los partidos simulaban competir, o todos eran comparsas. Los medios respondían a la voz del amo. Era un coro monocorde con los los 365 días del año al presidente.

Se sabía de antemano que el PRI y sus candidatos ganarían, con y sin votos, con y sin elecciones.

Con el tiempo vinieron los cambios. Hubo transición de partidos en el poder, pero no cambios de fondo.

Lo intocable quedó ahí, sagrado.

Pero apareció la competencia política por el poder en todos los niveles. El tono de las elecciones registró variantes.

Gran parte de los medios se tornó feroz hacia el presidente. Ese papel jamás lo habían tenido. Eran piezas componentes del tinglado.

El presidente de la nación nunca comparecía ante los medios. Era mudo en todo. Pero si abría el pico era con un discurso pulido con pluma de oro,  con claves y fantasías, promesas y advertencias.

Voz sagrada, vox Dei.

Al día siguiente sus palabras se reproducían en todos los diarios, televisión y radio de todo el país. Y esta liturgia se repetía todo el sexenio.

Los medios competían para ver quien se hincaba o hacía mejores genuflexiones al presidente. Esta escena se repetía con los gobernadores en cada estado.

Había “orden”, teatro, simulación, cinismo a la altura del arte.

Hubo quien le llamó a esto no dictadura sino dictablanda.

Con el gobierno actual vino una especie de desfogue. El gobernante es rara avis en el zoológico del poder en este país.

Ha roto múltiples paradigmas.

Desplazó del poder a grupos y santones otrora intocables.

Obligó a pagar impuestos a privilegiados empresarios que durante sexenios no lo hacían.

Hoy muchos de ellos se llaman opositores, o por abajo del agua subsidian con millones a los opositores que dan la cara.

Rompió enclaves de poder de todos los tamaños. Algunos detentadores de esos poderes o canonjías están en la cárcel, faltan muchos, desde luego.

El idílico paisaje poder-medios sufrió un abrupto ajuste, aunque no se ha construido un sistema inteligente, equilibrado y justo que lo supla.

Canales por donde fluían miles  de millones de pesos  cada sexenio en compras, concesiones o servicios, fueron dinamitados. Esto originó otra clase de problemas como desbasto y otros costos, pero un día alguien tenía que romper los ductos y pilares sustento de las elites sexenales.

Y todo eso nos trajo el clima que se vive ahora.

Que no es el infierno ni tampoco el paraíso.

Es un país llamado México obligado a transitar removiendo sus vicios, costumbres y ritos Hoy la crítica fluye por todas partes, la competencia partidaria es abierta, múltiple y casi encarnizada. La guerra electoral sigue llena de vicios, pero hay elecciones.

Nada de esto debe asustar a una mentalidad lógica, madura y que aspire al cambio real.

En el centro de esta vorágine está el presidente.

A él le ha tocado sortear momentos difíciles, conflictos críticos y sufrir pronósticos funestos de sus adversarios. Suman docenas las ocasiones en que sus opositores sistemáticos le han extendido certificados de defunción.

Le han tocado las golondrinas con mariachis, marimba y teponaxtle.

Él se muestra firme. Cada mañana, todos los días -acaso un fenómeno único en el mundo-, comparece  ante millones y explica los problemas y su papel, el propio y el de su gobierno.

Los medios, la mayoría, lo saludan con críticas ciertas, pero más con campañas descalificadoras, odios ideológicos e infundios.

En las redes, la basura común muestra mexicanos enanos, que hacen del deporte de “tirar la piedra y esconder la mano” un vicio  nacional, diariamente.

No critican, sólo  destruyen, calumnian y difaman. Manejan con gran destreza el estiércol desde la covacha del anonimato.

Todos juntos o separados, son los desplazados del poder y privilegios.

Ningún medio ha sido reprimido.

Ningún periodista encarcelado.

Hay en el ejercicio del poder errores, incompetencias y mentiras. Todos los gobiernos de todos los países las tienen. Aquí, se lo echan en cara al gobierno.

A todo esto, una democracia imperfecta, incompleta, que se corrige y enriquece cada día, algunos le han llegado a llamar dictadura.

En las dictaduras no hay elecciones, no hay medios libérrimos, el ejército está en todas las calles, no hay disidencia, el dictador se esconde en un bunker, no hay comida ni libre tránsito, hay toque de queda.

Me parece  que el traje de Augusto  Pinochet o Victoriano Huerta, o como yo le llamo Augustiano Pinochuerta, no le queda a López Obrador. Salvo la mejor opinión de usted.

Hay que leer cómo fueron los días de esas dictaduras.

La falacia cae por su propio peso y encima de ella la calidad moral de sus autores.

El presidente ahí está, de cara a la gente todos los días. En giras por el país y con un grado de aprobación aceptable, 55% en estos días.

En sus comparecencias, inclusive, le pone una que otra pincelada de humor a sus comentarios, y el sentido del humor, ya se sabe, es un signo superior de inteligencia, Einstein dixit.

xgt49@yahoo.com.mx

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