Elección de primera, productos de segunda

La reciente elección impone a los partidos postular gente de calidad, ya no impresentables

Si se sometiera a revisión con microscopio a todos los partidos, se podría encontrar que prácticamente ninguno ha hecho la tarea.

La inmensa mayoría de sus candidatos, en sentido estricto, no son conocidos. La gente fue y votó, más por un deber cívico, que por una inclinación favorable a personas o partidos.

Un estudiosos de la ciencia política observó incluso  que la postura común de los ciudadanos ha sido el votar más en contra que a favor de alguien o de algo,  candidatos o partidos.

Esto nos mostraría que ni candidatos ni partidos consiguieron proyectar las bondades, cualidades o ventajas de  unos sobre otros.

¿Y entonces cómo resultaron electos? Utilizando el camino de la ley, ciertamente, y colocando en la boleta ante los ojos del elector solamente los logotipos de los partidos.

Los partidos, sobre todo en los años recientes, han hecho un camino muy transitado para llegar al poder y mantenerlo.

De quienes son postulados como candidatos, un porcentaje ínfimo lo forman individuos que, sólo con calzador pasarían la prueba mínima para ser representante popular.

La preparación,  vocación,  honorabilidad, el antecedente de trabajo comunitario, el espíritu de servicio y  la identificación de la zona y de los posibles electores, serían requisitos mínimos  exigibles para esos cargos. Y la verdad, sólo muy pocos reúnen todo esto.

Por eso la abundancia de quejas, denuncias, e  inconformidades,  sobre sujetos de ambos sexos realmente impresentables.

Elementos cuyo mayor peso es la relación de parentesco con quienes deciden las postulaciones. Eso, o la amistad, el compadrazgo y en muchos casos definitivamente la complicidad. Estas son todas las prendas o títulos de la mayoría de los que llegan.

Pero así acceden  a las aduanas que son los partidos. Cubren los requisitos elementales y aparecen en las boletas.

Y nos encontramos entonces con un proceso electoral de calidad: planeación, organización, desempeño admirable de millones de ciudadanos en todo el aparato electoral…y con un producto francamente de muy discutible factura.

Veámoslo, revisémoslo. Lo que distingue a los representantes populares o a los funcionarios, salvo excepciones, está muy por debajo de lo que la ciudadanía espera y merece.

Y esa falla, defecto o talón de Aquiles es común a todos los partidos.

Transcurrida una elección ejemplar en muchos sentidos, (a pesar de los negros augurios, o deseos,  que abundaron por doquier), sería maravilloso que cada uno de los partidos, o todos en conjunto, hicieran un público  ejercicio de autocrítica, pusieran de relieve la calidad ciudadana recién mostrada, y empezaran la tarea de preparar  elementos  de muy alta calidad para ajustarles en el mediano plazo el traje genuino de representantes populares.

Hoy, ese atuendo les queda muy  grande.

Para empezar, adolecen de una terrible falta de capacidad para expresarse. Los más utilizan un lenguaje de doscientas palabras, otros no saben leer en público, no redactan ni un recado y sus modales de interactuar son muy primarios.

Todo esto les haría falta.

Pero asimismo, por lo menos  diplomados para el conocimiento elemental de las leyes y reglamentos que serán materia de su trabajo. Del mismo modo, a contra reloj cursillos de administración pública, por supuesto la demarcación geográfica y condición demográfica de donde van a moverse.

El  conocimiento pleno de los problemas y perspectivas de solución en cada municipio, distrito o Estado.

La composición y funcionamiento de las estructuras burocráticas de sus campos de acción y responsabilidades y, por encima de todo, un enorme respeto por el ciudadano y un carácter ejecutivo profesional en sus tareas.

¿Es mucho pedir? No, es lo elemental, es apenas el piso. Porque con todo esto bien dominado ya debieran llegar cuando se inscriben para una postulación.

En el aspecto específico de la formación política, los partidos debieran empezar, precisamente ahora con base en las lecciones derivadas  de la elección, a formar escuelas de cuadros para generar ciudadanos con un alto grado de calidad ética a la altura de las necesidades que el país tiene y el mundo impone hoy en día.

No es de ningún modo admisible que sigamos con políticos o representantes populares improvisados, impreparados, vulgares y corrientes.

Esta es una enorme responsabilidad de los partidos, pero también de las instituciones de todos los niveles de poder.

Profesionalizar, dignificar la tarea política, y colocarla como un modelo ético en todos los sentidos, es una exigencia inaplazable, especialmente para los partidos, pero es punto de interés y hasta de responsabilidad para todas las entidades que mantienen vínculos estrechos con la sociedad, cuál sería el caso de las universidades, los órganos de representación social y todos los cuerpos cuyo quehacer se nutre de la sociedad o a ella sirve su operación.

No hacerlo es cerrar los ojos ante la sociedad o marchar en sentido opuesto a ella.

xgt49@yahoo.com.mx

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