Meade, Woldenberg: la próxima presidencial

Como políticos profesionales, muchos tienen que pensar las condiciones de la próxima contienda

Es muy temprano para hablar de la siguiente elección presidencial, sin embargo dirigentes, grupos, partidos y hasta el presidente lo hacen ya.

Se mencionó la semana pasada el nombre de José Woldenberg. Se le ubicó como uno de los posibles  perfiles que tendría en su agenda la alianza de partidos contra Morena.

Realmente nadie  establece los tiempos y horarios para referirse a ese asunto. No hay normas ni prohibiciones. Y sí, medios y políticos disfrutan de manosear el futuro cada quién desde su atalaya.

Es factible que el expresidente del IFE, hoy INE, figure entre los preseleccionados del PRIPAN, pero falta muchísimo tiempo para considerar real su candidatura o postulación. Para empezar él nada ha dicho. Ricardo Anaya, en cambio, hay reiterado su aspiración y con hechos grita que está en campaña. Visto así, se le atraviesa a Woldenberg desde ahora.

Y un mar de acontecimientos habremos de ver de ahora a entonces. Nadie asegura que se mantendrá la alianza, o que cada partido postule a una figura relevante, o que las fracciones de diputados realmente mantengan esa sociedad tripartita, o que aparezcan en el escenario y perspectiva de ese trípode político nuevas y sorprendentes figuras.

Por ahora todo es imaginación y fantasía.

Sin embargo es claro que mientras Morena ya cultiva personas con talla y atributos para esa contienda, la oposición está verde. No se ven personajes con madera, dimensión y cualidades para encabezar ese formidable reto.

Se recuerda que en la última contienda presidencial, José Antonio Meade fue un extraño candidato del PRI, sin ser priista para empezar. Este hecho fue mal visto por la militancia tradicional del tricolor, pero se acató la postulación cupular,  aunque al final la mala recepción que de origen tuvo explicó claramente su rotundo fracaso. Con otros muchos factores, claro.

Su caso deberá estar presente para los planes de la alianza opositora. Toda una lección que sólo un ciego no podría ver. Es y era un hombre de nulos antecedentes políticos, no lo conocían los priistas ni él a ellos; sin fama relevante en el país por algunas otras razones; desconocedor de la república como no fuera desde el escritorio y en documentos técnico administrativos.

Con buena papeleta académica, eso sí, pero sin habilidades para articular una elemental arenga a sus simpatizantes desconocidos. En un estrado, sufría verdaderamente, angustiosamente, encabezando un mitin.

Era un manojo de nervios, se sonrojaba, sudaba, el movimiento corporal totalmente desacompasado, era como un pollo suelto en una jaula de lobos.

La concurrencia priista, acostumbrada a los trillados rollos, a las frases demagógicas y discursos grandilocuentes, al lenguaje corporal con pretensiones patriarcales falsamente sublimes, se quedaba patidifusa ante semejante figura, que no lograba transmitir ni un recado.

El debate entre aspirantes tampoco lo sacó a flote. Se quiso quitar la coraza de tecnócrata brillante, pero no logró ponerse otro vestuario llamativo, creíble y mucho  menos seductor. López Obrador hizo lo suyo, lo que bien le sale en actos de masas, aunque el escenario era de otra naturaleza. Lo sacó a flote su carisma y sentido del humor.

Anaya, buen manejador de cifras y estadísticas, elocuente, no consiguió rebasar su figura de chico aplicado, chamaco  entrón, simpaticón, chistoso inclusive, pero a siglos de distancia de la pretendida imagen de un presidente. Más parecía alumno distinguido del salón de clases del Jefe Diego.

Con todos estos antecedentes en el imaginario político, se ignora cómo sería un Woldenberg.

Ha sido dirigente sindicalista universitario, académico reputado, autoridad electoral, autor de numerosos libros y ensayos, condecorado en el extranjero, pero… ¿conoce el país?, ¿lo conocen en la república?, ¿sabe comunicarse con la gente?, ¿es una figura con credibilidad? Todo esto se ignora, a dos años, o menos, de la contienda presidencial.

Por lo menos tendría el reloj encima.

Conocer cabalmente un país como este con 32 estados, 2 mil 457 municipios, una compleja diversidad de pueblos e idiomas, una idiosincrasia variadísima en razón a las regiones y culturas, no es un requisito para ser presidente…¡pero cómo ayuda!

López Obrador ha recorrido al menos tres veces todo el país. Eso no es garantía de nada, ya se sabe, pero sin duda le aporta una enorme confianza y seguridad a quien aspira a representar la figura máxima en la vida pública. Esa experiencia, insustituible, en una nación rica, compleja, maravillosa como la nuestra, da certeza y hasta autoridad para construir una imagen de respeto.

No se trata sólo de conocer el país turisteando, o en foros regionales a modo y maratónicos como los hemos visto en tantas giras presidenciales; tampoco basta el aprendizaje de gabinete con disciplina y entrega de universitario aplicado.

Conocer la nación implica enorme sensibilidad, esfuerzo y voluntad de hierro (magnífica condición física, por supuesto),  paciencia de santo para escuchar y humildad para dialogar y entender, ponerse exactamente al nivel de la gente para conquistar empatía, y cien requisitos más.

Ya el desempeño público es otra cosa. Ahí si hay exigencias, rigor que impone la investidura, juicio popular todo el tiempo, críticas y oposición abierta, confrontaciones sin conmiseración,  y rodearse de los mejores para suplir con creces las carencias propias. Y aún  con este bagaje y compañía, nadie tiene boleto para llegar a puerto seguro y bien calificado.

En todo esto tendrán que estar pensando seriamente los políticos, dirigentes, grupos y partidos con la mira puesta en la próxima elección presidencial.

xgt49@yahoo.com.mx

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