“La montaña nos necesita”, señalan activistas comunitarios defienden la Matlalcueye

Las comunidades cercanas a la Malinche se han juntado para hacer frente a los múltiples factores que han propiciado el deterioro de la región, incluidas las omisiones estatales.

El radio de doce kilómetros que comprende la falda de la Malinche, llamada por los tlaxcaltecas Matlalcueye (Falda Azul en náhuatl), es considerado un área natural protegida. Su categorización como Parque Nacional en 1938

ocurrió con el fin de proteger la diversidad de especies en sus 46,000 hectáreas.

Hoy en día, la Malinche como parque, montaña y comunidad está sujeta a miradas divergentes sobre la conservación de la diversidad y el patrimonio cultural. El deterioro que sufre la zona es producto de muy numerosas amenazas que van desde la actividad extractivista y la reducción de la cubierta vegetal hasta la falta de recursos económicos. No obstante, fue una plaga artrópoda la que llevó a todo el polígono comunitario a tomar acción propia.

En un foro organizado por la Ibero Puebla, representantes de los diferentes comités del Colectivo Comunidades Unidas por la Defensa de la Matlalcueye expusieron la situación de grave deterioro que atraviesa la región, cuyo punto de inflexión se encontró en la invasión del escarabajo descortezador: una especie reguladora del ecosistema cuya presencia ha aumentado debido a la pérdida de la humedad de los árboles.

Baldemar Reyes, representante del comité de Teolocholco, describió el tortuoso proceso burocrático con las autoridades ecológicas de saneamiento, quienes han ofrecido respuestas lentas e irrespetuosas de la organización comunitaria, así como de sus usos y costumbres. “Nuestro lema es: la Malinche no se vende, la Malinche se defiende… La organización busca visibilizar la falta de sensibilidad para el manejo responsable de la plaga”.

El movimiento ha realizado diversas investigaciones para conocer el comportamiento de la plaga. Fue así que encontraron que el escarabajo puede volar hasta tres kilómetros para colonizar un árbol, dato que permite monitorear y controlar su reproducción a través de trampas químicas. A su vez, se han modificado endoterapias para que la plaga no se traspase a zonas vegetales sanas.

Los comités que integran al colectivo comenzaron a organizarse a través de asambleas y comisiones encargadas de tareas específicas. La convocatoria se extendió a todos los pueblos aledaños a la montaña, entre las cuales se encuentran las comunidades de Chiautempan, Cuaxomulco, Teolocholco, San Pablo del Monte, San José Teacalco, Acuamanala, San Francisco Tetlanohcan, Muñoztla y Papalotla.

Estos modelos organizativos han sido fundamentales para hacer frente a la burocracia descontextualizada. Cuando el colectivo acudió a las autoridades públicas para solicitar el apoyo en saneamiento, estas exigieron contratos de compra-venta o pagos de prediales, lo cual no corresponde a las normativas de asamblea por las que se rigen las comunidades.

Demandas del colectivo

Los comités han acudido a instancias federales para hacer valer el derecho a la autodeterminación y administración por usos y costumbres. Esto implica reconocer el valor legal de las constancias de posesión emitidas por las autoridades locales. “Nuestro sistema normativo vale, la Constitución y los tratados internacionales nos avalan”, sentenció Dulce María Hernández del municipio de Cuahuixmatlac.

Una de las principales demandas del colectivo es que el proceso de saneamiento contemple a los comités de vigilancia comunitarios, los cuales se han preparado para contener los estragos de la plaga y compartir sus saberes con otras comunidades. Para ello, se han elaborado manuales, videos y otros recursos informativos para contribuir a la divulgación de las vivencias y conocimientos técnicos, científicos y ontológicos de la región.

Las exigencias no solo contemplan la zona boscosa: la Malinche es un ecosistema habitado por miles de personas. La principal demanda, insisten desde el representativo de Muñoztla, es el respeto a las normativas internas de las comunidades, comenzando con la revisión de las normativas ambientales indígenas a través de mesas de diálogo y trabajo colaborativo. Esto requiere necesariamente, expuso Eribel Bello, la revisión de la pertinencia de los trámites y requisitos exigidos por el gobierno.

Las comunidades se han organizado para resolver problemáticas que han sido omitidas por las autoridades. Como parte de las reflexiones finales, la presidenta de la Red Malinche Matlalcueye, María del Socorro García, destacó que los jóvenes llevan la batuta en la transformación de una realidad que no satisface sus aspiraciones, en aras de un entorno que sea respetuoso del medioambiente.

El movimiento organizado ofrece luces de un posible desarrollo integrado a las necesidades de las comunidades, donde el rescate del patrimonio biocultural sea el efecto del ejercicio de la justicia. Para ello, es necesario que exista un crecimiento integral en las comunidades que permita la estructuración de esquemas de participación y la recuperación del vínculo con un volcán que lleva 3,000 años apagado, pero que palpita en cada uno de sus defensores.

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