El arte de discutir

La falta de educación al respecto también es un bache en la necesidad de una sana convivencia

No sé exactamente cómo sea en otros países, pero aquí en México no se nos da mucho la discusión respetuosa en grupos de todo tipo.

Me refiero al intercambio de opiniones en agrupaciones de profesores, sindicalistas, vecinos, profesionales de cualquier rama, funcionarios, comerciantes, militantes de partidos, y prácticamente en todos los ámbitos.

Por lo mismo, no es fácil llevar a cabo una junta, sea pequeña o grande.

Por lo común, tratar un asunto o varios, o desahogar un orden del día se lleva horas, tiempo irremediablemente perdido, y no se llega a acuerdos concretos.

Y no son pocas las veces en que tales debates terminen en riñas verbales o jaloneos y enfrentamientos a golpes.

El muestrario del comportamiento humano en una reunión es extenso. Se da un desfile inagotable de actitudes que podrían ser todo un laboratorio para psicólogos o comunicadores.

Entre las conductas múltiples se dan, por ejemplo, la de aquel que muere por mostrar dotes de líder o sabiondo. Eleva al máximo la voz, utiliza alguna que otra palabra poco usual en la cotidiana existencia y minimiza la presencia de los demás. Da cátedra que todo lo sabe y su afán de notoriedad no tiene rival.

Aparece el que descalifica todo. Casi regaña a la concurrencia y enfatiza la inutilidad de cualquier reunión.

Aparece el que repite lo que ya se ha dicho. A veces con otras palabras más rebuscadas, pero le da la vuelta al mismo asunto. Puede intervenir dos o tres o más veces, e invariablemente es para repetir, en versiones distintas lo ya dicho.

Están los interruptores. Reiteradamente interrumpen a quienes están hablando, no obstante que al principio se fijaron las reglas de participación individual de modo claro y preciso.

El o los que interrumpen, invariablemente se quejan y reclaman: “déjame hablar… no me dejas hablar… no me dejan hablar… así no se puede”, y es el que ya acumuló cuatro intervenciones de diferente extensión.

Hay otro que recurre a la historia. Pese a que a todos se les pidió ser concretos, cuenta casos, anécdotas y sucedidos del pasado lejano o reciente y alarga su perorata. Y a los diez minutos nuevamente pide la palabra para referir nuevas historias.

Por lo regular utiliza la muletilla “ora si que…”

Hay también el que se despacha cucharones de tiempo ante la impaciencia de la concurrencia. Toma el micrófono y suelta el verbo a todo lo que da. Y cuando alguien de modo comedido le sugiere concretar, reprocha: “ai está el caso… no lo dejan hablar a uno…”

De pronto uno interviene y se va largo con un rollo mareador, hablando o discutiendo sobre el segundo punto del temario, tema que ya fue discutido y agotado hace media hora. Al final, tímidamente confiesa que acaba de llegar.

Allá al fondo una dama grita, se desgañita con la ventaja que da el anonimato, exigiendo que “no se deje hablar al del suéter rojo, porque ese ya tuvo oportunidad y entregó malas cuentas en otra directiva”. El tono de la tronante voz de la mujercita sería excelente para un puesto de venta de billetes de lotería. O para la locataria de un mercado.

Y vuelven a la carga los interruptores. Hacen valer lo estentóreo de sus vozarrones, callando a uno que esperó cuarenta minutos para hablar. Y sin recato alguno gritan lo que se debe o no hacer, y en tono autoritario vociferan para que ya se acabe la discusión.

Otros les contestan y entonces se arma un merequetengue, un ambiente como de chachalacas tiernas o como si hubiera diez jaulas de loros juntas. No hay poder humano que frene la verborrea de esos que jamás debieron pisar ese lugar.

En esta especie de vitrina social aflora en no pocos casos la egolatría de algunos, la necesidad de reconocimiento de otros, la paupérrima pretensión de brillo artificial de otros más.

Hay algunos que deberían ir directo, sin más trámite, al diván de un psicólogo. Lo grave es que no se dan cuenta y no hay quien se los diga.

El moderador se multiplica aquí y allá, grita y manotea micrófono en mano, y los de la directiva reiterada y desesperadamente llaman al orden cuando aquello ya es un pandemónium.

En verdad es toda una proeza que alguno de los directivos o convocantes consiga frenar ese aquelarre y meter un poco de orden.

Aunque todo esto parezca exagerado, no lo es. Cualquier junta de colonos, trabajadores, taxistas, estudiantes, prestadores de servicios o comerciantes, protagoniza este tipo de encuentros en donde está ausente la civilidad y proscrita la prudencia o moderación.

Se requiere una gran autoridad y la paciencia del santo Job, para desde un principio llevar con un clima de cordura a buen puerto cualquier asamblea.

Aunque poco tomado en consideración, este asunto también es uno de los elementos que hacen vulnerable nuestro maltrecho sistema democrático.

Acaso sería altamente saludable que en las escuelas, en alguna materia o como práctica complementaria de la formación de los niños y jóvenes, se enseñaran las normas de analizar, discutir y tomar acuerdos.

La ausencia de urbanidad o respeto en cualquier oportunidad para analizar asuntos y tomar decisiones, es algo sumamente dañino para la convivencia y el progreso mismo de toda comunidad.

No es un asunto menor. Esta herramienta es útil e indispensable en todas las áreas de la vida, empezando por la familia misma, la escuela después y finalmente el centro de trabajo.

La carencia de esta práctica, la falta de hábitos para abordar de manera madura y civilizada problemas de cualquier índole, debatir, hace que la convivencia social tenga tropiezos, baches, estanque la solución de conflictos o el logro de objetivos en beneficios de todos.

xgt49@yahoo.com.mx

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