Alinear decisiones con sentimientos

Por ese camino se encuentran varios aciertos de la comunicación gubernamental de AMLO

Revisando a vuelo de pájaro la comunicación que realiza el gobierno de Morena, nos damos cuenta que tiene múltiples aciertos y que estos minimizan sus errores, pese a lo grave de varios de estos últimos.

Aguzando los sentidos, uno se explica en cierto modo cómo se mantiene el índice de popularidad presidencial tan alto.

A su favor tiene, además, la casi ausencia de adversarios de buena fama o mínimo prestigio. Y la gastada práctica de la oposición real o encubierta de comunicar o recurrir al “anti todo” lo que huela a lopezobradorismo. Más fobias que juicios.

Por ejemplo, la decisión de recurrir a las fuerzas armadas como responsables de múltiples tareas. De entrada pareciera que no sería ello la fórmula ideal para el nuevo gobierno. Sin embargo, en esta etapa de transición de un viejo modelo purulento por todos lados, pareciera que al presidente no le quedó de otra.

No escogió la mejor fórmula, sino la única que había.

Pocos reparan en que sentarse en la silla presidencial y ver el poder desde la calle son dos cosas radicalmente distintas. Cada presidente inaugura su realidad al día siguiente de tomar posesión, desde quién le sirve el café. Y ahí decide, seguir con lo mismo como siempre, o imponer su estilo.

Y en la burocracia existe una máxima: quien no toma el poder real en los primeros treinta días, no lo va a tomar nunca.

Las estructuras del poder que heredó no estaban del todo podridas, pero tenía muchos agujeros de desconfianza. Se entiende que era personal de dirección con décadas o lustros de hacer las cosas “como siempre”. Ello supone, como lo hemos visto en todo gobierno, bastiones de corrupción, intereses creados y freno a todo cambio.

De otros gobiernos, otros estilos.

Y el recurso de ubicar militares en puertos, aduanas, construcción, vacunación y otras áreas más, si se ve con detenimiento no es una imposición ruda ni antidemocrática. Tampoco ilegal.

¿Cuál era el razonamiento muy común en el imaginario colectivo sobre los militares, entre la gente de la calle, la que no se hace bolas con teorizaciones complejas?

“Cuántos soldados hay en el país… mira, en lugar de andar paseando en sus vehículos, o luciéndose en los desfiles o sin hacer nada, los deberían poner a trabajar en cosas útiles…”

Ese y otros comentarios de corte similar han sido siempre muy comunes en la gente. Uno los ha escuchado durante décadas, las más de las veces en sectores desinformados y con una carga despectiva.

Frente a este sentir o apreciación muy extendida, ¿qué vino? El destino de uniformados y sus mandos en espacios más allá de los tradicionalmente reservados de custodia a instalaciones estratégicas, patrullajes o ceremonias.

Un acto de gobierno con un implícito mensaje de comunicación exactamente en la línea del sentir popular.

Y entonces, frente a quienes ven en esta decisión “militarización”, un vasto sector concluye que se le ha escuchado, que por fin alguien hizo algo adecuado. La prueba es que la interpretación de “militarización” sencillamente no ha permeado ni tiene una calificación negativa, más allá de la comentocracia en declive.

Otra: el exceso de diputados y senadores. Para el hombre de a pie las cámaras son núcleos de relativa producción visible y tangible. Más bien, el imaginario las relaciona con zonas de burocracia privilegiada con rasgos parasitarios, y cuyo trabajo no se traduce en algo vital para la nación.

Esta visión popular paradigmática se va a destruir con la reforma política que viene. Menos senadores y menos diputados, menos derroche de millones. Una decisión exactamente alineada “con lo que dice la gente”.

Es indudable que no sólo será bien vista, sino hasta aplaudida. Máxime que la nuestra no es una sociedad donde el peso parlamentario se asocie con una elevadísima respetabilidad y calidad democrática.

Otra más: el Instituto Nacional Electoral. En teoría es un órgano autónomo que organiza elecciones impolutas. Pero lo primero siempre ha sido discutido, porque sus mandos son resultado de cuotas partidarias y selecciones presidenciales apenas barnizadas de credibilidad incuestionable.

Sí organiza las elecciones que permiten transiciones pacíficas y aceptadas, pero para el ciudadano común el producto de ese aparato nos resulta muy costoso y pasan décadas y no tenemos una democracia digna de presentación en el concierto internacional.

Cierto, el criterio general pasa por alto la necesarísima autocrítica: todos los mexicanos, o casi todos, tenemos dosis altas de poca responsabilidad ciudadana, menosprecio de valores cívicos en incipiente conciencia de participación responsable siempre, no solo en cuestiones electorales.

¿Qué se anuncia? Una reforma que romperá una pesadísima estructura burocrática, que consume miles de millones cada año… ¡aunque no haya elecciones!

No hay la menor duda que la reforma en ciernes buscará vincular exactamente lo cuestionable del INE con el sentir popular. Y eso se llama comunicación política.

Y otra más: habrá una empresa gubernamental que venderá gas doméstico a todo mundo.

En núcleos enormes de población de condición modesta, sobre todo de la capital del país y el Estado de México, se sintió en días recientes el peso de las mafias que controlan el gas con precios altísimos, paros o desabasto artificial por la defensa de sus intereses, con la víctima de siempre: el consumidor último y primero.

La guillotina se asoma frente a este problema.

Y así otros muchos.

La clave ha sido y es, dicho en términos comunes, aplicar el remedio ahí donde duele.

Es decir, alinear medidas, decisiones o políticas en dirección exacta del sentir popular.

Puede ser populismo, sí, es cierto, una característica o rango que no ha estado exento en todo o en parte en los distintos gobiernos del país e incluso de los Estados Unidos, a tal punto que Obama más de una vez lo defendió públicamente.

Por ahí está la clave de una parte de los aciertos de la comunicación gubernamental. Enfilar la interpretación, el sentimiento, el enfoque o la aspiración popular, con una decisión política.

Y luego saberla comunicar de una manera directa, sencilla, sin teorías rebuscadas.

Como la gente habla, como la gente entiende.

xgt49@yahoo.com.mx

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