¿Sirven de algo los diputados?

El congreso es usado para legitimar actos del ejecutivo, por lo que hace falta una reforma a fondo

¿Realmente sirven de algo los diputados? Me refiero al Congreso del Estado, pero la pregunta vale para la cámara federal.

Para el común de la gente el razonamiento es contundente: para nada.

Pregúnteselo a cualquiera. El grueso de la sociedad no ve en estas instancias algo que la rinda un beneficio tangible, provechoso.

Expuesto en un lenguaje quizá superficial o crudo, pero rotundamente realista: la gente no come con los diputados, ni deja de comer si la cámara no existiera.

La prueba la conocemos con frecuencia. Encuestas y estudios arrojan que el ciudadano común no se siente representado por los diputados. Casi tampoco por los partidos.

Esos representantes están siempre en el nivel más bajo de confianza. Cualquier persona no conoce “a su diputado”. Y eso ocurre en cualquier parte del país.

La conclusión no es cancelar este poder, parte de la trípode con el Ejecutivo y el Judicial, pero objetivamente es un parche anacrónico, improductivo y casi sin sentido.

Bajo el esquema legal es un poder que equilibra a los otros, sobre todo al Ejecutivo, es decir a los gobernadores o al presidente.

En la práctica sabemos que eso no es cierto. A nivel federal se viven otros tiempos, pero en los estados no hay nada nuevo bajo el sol. Ni equilibra, ni es contrapeso, ni defiende a la sociedad frente al abuso o al poder autoritario.

El congreso es usado para legitimar actos del ejecutivo. De no existir una cámara de diputados el gobernante sería un sátrapa sin disimulo. Existiendo, también lo es. La historia del país así lo muestra.

Muchas leyes tienen que pasar por ese filtro, pero es mero formulismo. Todo se aprueba a gusto y capricho de los gobernadores. Las oposiciones son parte de una comparsa. La simulación convierte esos escenarios en espectáculos como la lucha libre: todo es circo, maroma y teatro. Todo lo resuelve el dinero.

Moreno Valle pagaba de a millón de pesos a cada diputado por los acuerdos importantes para él.

El congreso era, es hoy en gran medida, (igual que ayer), un órgano improductivo, inútil y servil.

Salvo momentos y temas de excepción, todo está cocinado al gusto del jefe máximo.

Se pueden contar con los dedos de una mano, y sobran dedos, los casos de debate trascendente; aquello que tiene una incidencia o repercusión real en la vida de los ciudadanos. Lo demás son trámites y verborrea.

Un congreso se define como un centro para legislar y se califica a los diputados por el número de iniciativas que presenta y el porcentaje de asistencia que cumple. Al dar por descontado que todo se aprueba con la voluntad externa del poderoso en turno, las iniciativas sólo llenan cada trienio viejos estantes y pesados archivos.

Todo eso es, casi sin excepción, letra muerta.

Las unidades de medida del trabajo del diputado son anacrónicas. Y aquí cobran vida las palabras de un viejo maestro michoacano a propósito de esto: “en México ya no hacen falta tablas de la ley, sino Moiseses que las cumplan…”

Como escaparate cumplen su función. Los diputados hacen como que discuten, se pelean y terminan acordando todo, por la sencilla razón de que no tienen poder alguno. Cumplen una voluntad ajena, externa.

Excepcionalmente -lo subrayo-, llegan a tener un carácter de mediador pragmático entre la sociedad y gobernantes autoritarios y tiranos. Sirven como una especie de filtro. O permiten dirimir asuntos conflictivos cruciales que, de no operar esa instancia se resolverían a tiros o en barricadas.

Pero esos son momentos estelares.

Me parece que sería tiempo que desde fuera del poder o también del interior mismo, estudiosos en la materia con imaginación, audacia y una fuerte voluntad disruptora, buscaran romper el paradigma de que los congresos tal como funcionan, ahora sirvan de algo al país.

Mantener indefinidamente estos cuerpos del poder en las condiciones que operan hoy en día, es consentir con disimulo un mal absolutamente prescindible.

El actual gobierno federal está tocando focos purulentos del poder tradicional en el país. Está exhibiendo que la corrupción, en un catálogo de modalidades ilimitado, está en todas partes, no hay lugares químicamente puros.

Ahí están médicos, militares, científicos, legisladores, burócratas, funcionarios, rectores, maestros, comunicadores, líderes obreros y un largo etcétera.

Hay quienes se sienten afectados o se victimizan, pero si se rasca un poco la veta de simulación, vemos que los robos, las redes de tráfico o las componendas de negocios, están en el fondo en todas partes.

En esto bien podría decirse como con acierto señalan los médicos: no hay enfermedades, hay enfermos.

No se trata de generalizar. Pero los casos de excepción son eso. El resto, en el fondo o en el forro, acusa fingimiento, apariencias, falsificación, confabulación de intereses, negocios al amparo de la ley o de la tradición.

Hay cinismo para ser claros.

Todo esto explica, en parte, la práctica muy extendida de tirarle piedras al presidente.

xgt49@yahoo.com.mx

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