Muchas caras tiene la muerte

En estos días de vida y muerte, una historia real donde el asesino llega a los pies de su víctima

Muchas caras tiene la muerte. Tantas como la vida.

Está la muerte que asuela muchos territorios del país con la premisa: dinero fácil+peligro=muerte cruel. La mano bestial del crimen siembra y cosecha.

La muerte que llega como una poda, vía la selección del menos fuerte. Sus aliados: obesidad, diabetes, hipertensión, problemas cardiovasculares. Tiene ayudantes: la irresponsabilidad, la ignorancia, el desdén. Hoy se llama covid.

La muerte que ronda la pobreza, la muerte de inocentes. Cobra millones de víctimas entre los migrantes de todo el mundo, inermes, víctimas, en gran medida, de la desigualdad de las naciones vía el mercado, la cara brutal del capitalismo.

La muerte que sigue a los placeres. Cuando el placer se torna abuso desmedido, puntual aparece la muerte. El cigarrillo, el alcohol, las drogas, la indolencia.

La muerte por la inmoderación en el comer. Hay gente que nunca para de comer, come de todo, a todas horas, sin límite. El hombre cava su tumba con los dientes.

“Está la muerte bíblica.” -¿Ésa cuál es don Ambrosio?

– “¿Cómo que cuál…? – responde el viejo panteonero que dejó su vida en ese oficio en un pueblo de la Mixteca.

– “Pues la muerte del ojo por ojo y diente por diente, la del que a hierro mata a hierro muere. Mire usted, a ésa yo la vi por vez primera cuando tenía ocho años de edad. Eran como las dos de la tarde. Un señor llegó a la presidencia a quejarse porque estaba un hombre borracho, escandalizando frente a su casa, insultando y provocando a todos…

El presidente municipal mandó al ordenanza a llamar al comandante de policía. Llegó luego y se agregó otro policía. No eran como los de ahora. Eran vecinos voluntarios. Llegaron los dos cada quien con su máuser. Les dijo el presidente que se fueran a detener al escandaloso. También los acompañó Fidencio, el ordenanza, hombre humilde, servicial y acomedido siempre.

A la media hora ya lo traían, lo empujaban cuando se resistía, pero no lo golpeaban. El tipo seguía vociferando contra todos, de mentadas para arriba. Agarraba parejo. Junto a la presidencia estaba la cárcel. Alguien ya le había ido a avisar al hermano del borracho que lo habían detenido y lo llevaban para la cárcel…

En el momento en que lo iban a meter al cuarto oscuro y maloliente, llegó el hermano, Atilano se llamaba. Venía montado en un caballo grande, brioso. Rayó el caballo frente a la presidencia, sacó la pistola que traía al cinto y le disparó por la espalda a los que trataban de meter a su hermano a la cárcel. Cayeron dos heridos de muerte. Falleció a los pocos minutos el ordenanza, lo recuerdo como si lo estuviera viendo, su pantalón de dril ya muy gastado, camisa blanca ensangrentada y guaraches de pata de gallo…

Atilano enfiló el caballo a todo galope por la calle principal, se le veía la cara como de un poseído por el diablo, y se perdió allá al final, a la salida del pueblo. Levantaron al muerto y al herido, se juntó mucha gente como siempre sucede en los pueblos y del asesino no se volvió a saber nada.

Como al año se supo que Atilano estaba trabajando como caballerango en el rancho de un tío suyo, como a quince kilómetros del pueblo, pero al lugar nunca volvió. Pasaron como seis años cuando corrió la noticia en el pueblo: mataron a Atilano, van a traer su cuerpo acá…

En el día se supieron más detalles. Se había ido a vivir a Oaxaca y como no era mal parecido se casó con la hija de un rico. Aparentemente era un matrimonio como cualquiera. El seguía domando caballos y cuidando tierras. Pero un día tuvo una dificultad con su suegro. Éste lo mandó llamar y cuando lo tuvo enfrente lo mató de un tiro en la frente.

Efectivamente en la tardecita trajeron el cadáver. Fue mucha gente al panteón, más por la curiosidad que por el duelo, ya sabe usted, el morbo natural de los pueblos. Y viera usted lo que yo vi: ¿quién iba a creer? ¡Lo enterraron cerquita del hombre que él mató! Al tercer día yo fui al panteón, nada más por ver personalmente la tumba y sí, conté tres pasos que sólo separan a la tumba de Atilano y Fidencio, el ordenanza.”

Oiga usted, como si el matón le rindiera tributo a su víctima, ahí están, ahí quedaron los dos…

Si no me lo cree, un día lo invito allá al panteón de mi pueblo en la Mixteca. La víctima y el homicida se volvieron a encontrar a través del tiempo, ora los dos muertos. Nooo, si le digo. El que a hierro mata a hierro muere, mire joven, nadie se va sin pagar su factura en este mundo…”

En efecto, muchas caras tiene la muerte, tantas como la vida…

EMPRENDEDORES. El caminante va por doquier. Un día descubre a un lado de la carretera un puesto de barbacoa; sin duda, uno de los lugares inolvidables para comer en territorio poblano. El lugar se llama “Las Rositas”y los sábados y domingos ofrece una barbacoa, mole de panza, consomé, moronga y tortillas hechas ahí junto. ¡Verdaderamente deliciosas…!

El sitio es como uno de tantos, donde un poblano emprendedor realiza su sueño. Es barbacoa de hoyo con pencas de maguey y cubierta de petate de palma. El dueño y su familia, con su sazón ancestral y el buen servicio, vuelve singular este pequeño negocio de apenas unos doce metros por lado. Llega uno por la carretera conocida como “La Colorada”, que va hacia Ixcaquixtla, pero en la entrada a San Lorenzo Ometepec, a unos sesenta kilómetros de Puebla, ahí está este restaurancito maravilloso.

Su dueño, José Luis Hernández y su esposa Sonia Rosas, son la pareja que le da un toque de sabor único y anfitrionía inigualable a este lugar en pleno corazón del territorio poblano.

xgt49@yahoo.com.mx

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