El costo del dinero fácil

En toda la zona norte de la ciudad capital, el terreno está minado ante el riesgo en gasoductos

El dinero fácil tiene un costo: la vida misma, la muerte.

Los recurrentes a esta vía, llámese Rafael Moreno Valle o los cientos de infortunados en condición de víctimas, conocen perfectamente el suelo que pisan. Esto último es literal.

El lugar común dice que quien juega con fuego en él perece.

Lo estamos viendo.

La explosión en San Pablo Xochimehuacan fue sólo un aviso. El peligro ahí está, latente. Los “piquetes” en los gasoductos prácticamente están intocados. En toda la zona norte de esta ciudad capital el terreno está minado, otras tragedias de iguales o peores proporciones con olor a muerte, están a la vuelta de la esquina.

Aquí en e-consulta, el compañero de espacio Mauricio Saldaña ha armado y presentado el mejor rompecabezas para entender la hondura y potencia del problema.

Un artículo completo, crudo, de alguien que conocen muy bien esa zona explosiva de Puebla.

Cualquier autoridad tiene ahí, en este magnífico material informativo las pistas y los cabos sueltos para ir a fondo del problema. Uno supone que ya, desde el primer minuto luego del estallido, las autoridades elaboran un plan de acción.

Muchos factores confluyen ahí y compete a los tres niveles de gobierno: estatal, federal y municipal.

Y existe un elemento más, de la máxima importancia: la gente.

Es irresponsable eludir el grave problema con la manida frase de “es competencia federal”.

La vida en riesgo no conoce de geografía, de competencias.

Es evidente que el asunto concierne a la Federación, pero el territorio es estatal, la jurisdicción es municipal. Todos tienen punto de injerencia en lo regular o irregular que ahí ocurre.

Habría que esperar una estrategia integral para toda esa amplia zona, que rebasa con mucho a Xochimehuacan. Compete, además, a Puebla y Tlaxcala.

Y un punto de partida inaplazable es llamarle a las cosas por su nombre. ¿A qué nos referimos? Al eterno lenguaje eufemístico que presenta a los pobladores como inocentes víctimas de esta clase de tragedias.

Claro que hay dolientes ajenos, por supuesto. Pero son una minoría. La disección de este tipo de problemas comprende a cientos, miles de personas que son mudos cómplices de la cadena delictuosa.

Muchos son beneficiarios en pequeño porque comercian con el combustible robado por las mafias; otros prestan terrenos o casas para guardar el combustible sustraído o cobijar las tomas clandestinas; otros laboran en la red de espionaje como “halcones” o “ventanas”; los hay en los sistemas de transportación.

El tejido delictivo es extenso, variado, inconmensurable.

Por supuesto, las autoridades no son ajenas. Funcionarios de las juntas auxiliares, policías, empleados de ayuntamientos, empresarios (como el caso documentado de la pipa de “Hidro Gas”).

Personas de carne y hueso de todas estas áreas y otras más, son parte del engranaje de todo un sistema sumamente peligroso que obtiene ganancias de diverso orden.

Alguien, muchos, tendrán que ir rompiendo el círculo vicioso para apuntar la mira hacia los múltiples partícipes de la cadena delictiva del dinero fácil en el subsuelo o en la oscuridad.

Las cabezas y los cuadros directivos de estas mafias se guardan muy bien. Por trasmano ponen los muertos, siempre así ocurre, y tiran la bolita al gobierno para curar heridos, sepultar víctimas, construir casas y reparar daños. El paternalismo proverbial que funciona en este país hace su parte, con la elusión de todos.

Es claro que la sociedad espera acciones concretas en prevención de nuevas explosiones. El silencio o la apatía en nada ayudan. Al contrario, pueden ser cómplices siniestros de sucesos semejantes o peores.

Estamos a la espera de reacciones inteligentesdiligentes y a fondo, por parte de todas las autoridades.

xgt49@yahoo.com.mx

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