Los poderes y los medios

La falta de reglas y de voluntad política genera roces entre las instancias de poder y los medios

Cuántos conflictos se evitarían entre el poder público y los medios, si se establecieran reglas claras, precisas, públicas para normar la vida entre estas dos entidades.

No existen, y eso crea un llano abierto que queda al arbitrio del poderoso en turno. Y esto se aplica lo mismo al Presidente de la República que a los gobernadores y a los presidentes municipales.

Hay un vacío, siempre lo ha habido en el país, y entonces eso da lugar a problemas, enfrentamientos y pugnas en las que todos pierden.

Los gobiernos pasan, los gobernantes se van, los medios permanecen. Esto se suele olvidar en los tres niveles del poder.

Los medios son entes privados. En teoría se rigen por las leyes del mercado; pero en la práctica no es así.

Los gobiernos no venden sartenes o lavadoras, sino servicios, actos, decisiones, para eso manejan un presupuesto público.

Los medios no venden aplausos, elogios o coros de adulación.

En teoría los medios, ejerciendo un derecho de la sociedad, difunden información, juicios, analizan, contrastan, critican, esa es su función. Esa les impone, no necesariamente por escrito, hacerlo con equilibrio, apego a la verdad, respeto a la moral pública y con una ética que se pone a juicio de todos.

Ya depende de la sociedad y de los poderes, ver, analizar, revisar si los medios cumplen fielmente o no ese compromiso.

En función de esto, la sociedad los compra, los lee, ve o escucha, les cree o no les cree. Y los desecha si no responden a esa responsabilidad pública.

Los actos del poder público deben ser primero eso, públicos, transparentes, veraces, honestos, verificables. Y su gran compromiso con la sociedad es el respeto a las leyes y sujetarse al juicio de todos, mediante la rendición de cuentas.

Los medios tienen la vista puesta sobre todos los actores sociales, públicos o privados. Y en función de lo que hacen o dicen, o dejan de hacer, los exhibe, reconoce o critica.

Se usa el término “golpear al gobierno”. Esto es una tontería, un absurdo. Los medios no son boxeadores ni porros ni el gobierno o el sector privado, o el clero, o los sindicatos, son peras ni bultos de un gimnasio de pugilismo.

Hay medios que asumen tal papel, lo cual los exhibe con una vocación y función francamente bajuna, propia de la barbarie, de pandillero de barrio.

También hay gobernantes que así se juzgan, e igualmente es una concepción menor, muy elemental, es una autodenigración.

Lo maduro, lo civilizado, lo que marcan las reglas de la convivencia es la existencia de una libertad para analizar y criticar. Y hacerlo con argumentos, con veracidad, con honestidad. Cuando se cumplen estas condiciones mínimas, primarias, por lo común el poder público se molesta, se irrita, porque no admite la verdad.

Se ha dicho que la prensa es el cuarto poder. Eso no pasa de ser una consideración romántica, aspiracionista. ¿Quién lo eligió? ¿Un libelo vulgar, mentiroso, corriente, difamador o pornográfico, es el cuarto poder?

Los medios en la sociedad, entendida su existencia y función con los atributos referidos, pueden y deber ser un valioso contrapeso frente al poder, público o privado, y sus excesos u omisiones. Eso sí. Y ahí está ese sinodal poderoso que es la sociedad para juzgarlos y, en todo caso, comprar su contenido y posturas.

Por eso se falta a la verdad, cuando en estos tiempos, grupos poderosos de interés o presión, desde sus núcleos de privilegio y fortuna en la capital del país, llegan a afirmar que el gobierno federal no tiene contrapesos. Los medios pueden cumplir esa tarea si se nutren de contenidos serios, ciertos, creíbles, en lugar de prejuicios, medias verdades, odio o racismo.

Lo que sucede frente a todo esto, es que el gobierno en sus tres instancias, sobre todo el federal y los gobernadores, no le han querido poner el cascabel al gato.

Tan sencillo que podría ser si hubiera voluntad política.

Los gobiernos tendrían que medir penetración y grado de confiabilidad de los medios, y la función social que cubren. Y en razón a esto, adjudicarrazonable y equitativamente los presupuestos que regularmente tiene toda administración para la difusión de su quehacer. Ni más, ni menos.

Nada del camino viciado de los convenios o subsidios bajo la mesa, los suculentos pagos por lanzar loas o callar todo, el silencio cómplice o la claque generosamente pagada.

Del otro lado, tampoco el manejo abusivoarbitrariopatrimonialista del presupuesto, (como si fuera propio y no de la sociedad) dadivoso, espléndido e ilimitado si a cambio hay silencio y docilidad o autocensura, o negado rotundamente si el medio se comporta con independencia y libertad.

Hay una torpeza de origen por parte de los gobernantes, cuando creen que bien les sirve a sus intereses un medio domesticado, falsario o impostor, que no se lee ni circula o penetra…y menos se le cree. Eso se llama complicidad por dinero, de ningún modo es periodismo.

Establecer reglas sencillas, claras, armónicamente discutidas entre las partes, conduciría a un clima civilizado, democrático, maduro.

Por otro lado (acaso digo esto por saludables experiencias vividas), del gobernante de las tres instancias del poder, se esperaría igualmente un ejercicio superior de inteligencia para lidiar, en el mejor sentido del término, con sus críticos de todos los medios y de todos los niveles.

Hubo la oportunidad de observar el comportamiento sensible, inteligente de hombres de poder, con críticos de toda laya.

El camino no era ignorar aquello que merecía atención por su veracidad y carga de razones, tampoco desdeñar al medio o al comunicador por su tamaño e influencia, menos enfrentar con amenazas, represión, intimidaciones u hostilidades de cualquier tipo, a quien mantenía una visión distinta e incluso contraria al poder.

La reunión cara a cara, el cotejo de informaciones, la revisión de puntos de vista diferentes, la aceptación de la razón cuando asistía al crítico, todo en una clima de respeto, tolerancia y con una actitud positiva, corregía muchos entuertos, superaba prejuicios, clarificaba hechos, dejaba un clima de ganar ganar para todos.

En suma, no había un clima de un ganador y un perdedor, puesto que este saldo nunca resulta satisfactorio en la democracia o en la sociedad.

Como se verá, no se apela a nada extraordinario, sino sencillamente al sentido común, a la urbanidad, a la civilidad, que es el pavimento del ejercicio del poder.

Ahí se las dejo…

xgt49@yahoo.com.mx

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