Periodismo en la mira criminal


Entre corrupción e impunidad, el asesinato de un periodista se reduce a una estadística más

En el acumulado de los últimos cinco años, México es el país del planeta con más periodistas asesinados (148, desde 2000), por delante de los 53 de Afganistán y los 40 de la India. Otros países destacados en la lista de 2021 fueron Pakistán (siete periodistas asesinados), Filipinas y Yemen con cuatro cada uno, un 14 por ciento más que en el año anterior, según la lista anual de la organización Campaña Emblema de Prensa (PEC), donde México y Afganistán figuran como los países más peligrosos para informar.

En México, que ya encabezó la lista de periodistas asesinados en 2017, murieron este año 17 informadores, los mismos que en Afganistán (que duplicó sus cifras de 2017), mientras que Siria se colocó en tercer lugar con once fallecidos de forma violenta y le siguieron Yemen y la India con ocho muertos cada uno.

La PEC destaca que dos tercios de las víctimas murieron en zonas de conflicto, entre las que incluye a nuestro país pese a no haber una guerra declarada, pues se trata de un país en el que «los grupos criminales son los principales responsables del alto precio que pagan los trabajadores de los medios», subrayó la ONG en un comunicado.

Estados Unidos ocupa un destacado sexto lugar en la lista anual con seis periodistas muertos: cinco de ellos fallecieron en un mismo ataque, de un hombre armado contra la redacción del Capital Gazette de Annapolis, el pasado mes de junio.

Por regiones, Asia es la región más peligrosa para el ejercicio del periodismo, con 36 asesinados, seguida de cerca por Latinoamérica (32, incluyendo cuatro en Brasil, tres en Colombia y otros tantos en Ecuador), mientras que en Oriente Medio los fallecidos fueron 24.

«Después de un comienzo desastroso en el año, el final de 2018 fue más tranquilo pero estamos lejos de la meta», destacó Blaise Lempen, secretario general de la PEC, organización que pide la implicación de actores como el Consejo de Europa o la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco) para buscar medidas preventivas.

El asesinato que más titulares ha generado este año ha sido el del periodista saudí Jamal Khashoggi en el consulado de su país en Estambul (Turquía) el pasado octubre, un hecho «sin precedentes», según la PEC, que pidió que se aclaren «las circunstancias de ese crimen atroz».

De acuerdo con la organización con sede en Ginebra, en la década transcurrida entre 2009 y 2018 han sido asesinados 1.221 trabajadores de los medios y en el último lustro los países que han constituido un mayor peligro para la profesión periodística han sido Siria (64 fallecidos), México (148) y Afganistán (48).

El periodismo en sí cumple su labor informativa como también el de poder aportar a la sociedad forma de emitir los hechos tal como son, a pesar de que también se desvirtúen y deformen al servicio de un sistema ajeno a las necesidades sociales de encontrar noticias que le permitan reflexionar su entorno como él mismo.

Manuel Buendía en uno de sus documentos llamado “Periodismo Político” (Oaxaca, 21 de septiembre, 1979), escribió:

“La comunicación social es, por definición, un elemento indispensable para la gestión democrática de las comunidades humanas, es decir, para la política. La información es una de las acciones básicas que pone en marcha los mecanismos totales de la comunicación social, en el entendido de que no hay sociedad sin comunicación. No hay comunicación sin información.

El periodismo es esencialmente información. Por tanto, el periodismo es un instrumento de la comunicación social, y, en consecuencia, el periodismo es parte y pertenece a la política. Incluso, la nota roja que expresa, que da a conocer, que avisa o advierte sobre síntomas de degeneración social como pueden ser la violencia, el crimen, la impunidad. Y son también hechos políticos hasta esas páginas llamadas “de sociales”, porque en ellas se expresan las desigualdades y los procesos de corrupción o desequilibrio, que eventualmente tienen traducciones en conflictos que llegan a sacudir profundamente la precaria estabilidad.

“Ni siquiera en el último día de su vida, un verdadero periodista puede considerar que llegó a la cumbre de la sabiduría y la destreza. Imagino a uno de estos auténticos reporteros en pleno tránsito de esta vida a la otra y lamentándose así para sus adentros: “Hoy he descubierto algo importante, pero, ¡lástima que ya no tenga tiempo para contarlo!”.

Ser parte de la libertad de expresión y de comunicar pensando en las garantías que nos ofrecen una Constitución y sus leyes que derivan, pero, en muchas ocasiones, el periodismo se enfrenta al poder que se basa en el control de la comunicación y la información, ya sea el macropoder del Estado y de los grupos de comunicación, o el micropoder de todo tipo de organizaciones que le “lastima profundamente”, y que difunda sus actos de corrupción y de impunidad.

Cuando se intenta informar con veracidad y objetividad representa un desafío, y los poderes, desde su perspectiva, consideran que tienen todo el “derecho” y motivos para intentar detener e impedir la información, bloqueando los canales que conecta la mente individual con la colectiva. Poder es algo más que comunicación y comunicación es algo más que poder. Pero el poder depende del control de la comunicación, al igual que comprender depende de romper dicho control. Mientras tanto, la comunicación de masas, la comunicación que puede llegar a toda sociedad, se confronta y gestiona mediante relaciones de poder enraizadas en el negocio de los medios de comunicación y en la política de Estado. El poder de la comunicación está en el centro de la estructura y la dinámica de la sociedad.

En todo conflicto bélico, el periodista está consciente de que su vida está en riesgo a cada instante, porque la transformación de personas pacíficas a combatientes, entre ello, el miedo que en el periodista se hace íntimo con el fragor de la batalla, es una experiencia única en esas condiciones, porque ante el temor de lo inexorable, nadie en ese momento, temiera la parte física de la muerte; pero no es así como funciona. El sentimiento es más bien de reticencia desesperada a renunciar al futuro, se ponen los pelos de punta y todo se puede enmarcar en el miedo.

Mientras el soldado, guerrillero o enemigo en sí tiene su fusil, el periodista solamente tiene su vida que expone para captar el momento trágico de los acontecimientos, que se concentra en ello, a pesar de su miedo, evitando caer en el terror, porque significa una muerte segura ante errores que te empujan a ella.

En la vida civil, la nota diaria donde la guerra es lograr la que destaque y sea de mayor peso, no debe limitarse a escribir o emitir en radio o televisión como un hecho simple; se debe extraer de los hechos lo más esencial y destacado, sin caer en un planteamiento simplista.

También, todo hecho que implica un momento de injusticia o de malestar y dolor, se debe actuar con amplia responsabilidad de que la labor periodística es la de informar con veracidad sin amarillismo, para que se motive a la reflexión de los acontecimientos. Si el trabajo de comunicar y motivar reflexión para que se llegue a racionalizar de lo individual a lo colectivo, es motivo de malestar al poder, entonces, el poder ejerce el mismo para impedir que sus actos de corrupción e impunidad resalten.

Sus métodos son diversos, que van de buscar comprar al periodista, o como se le conoce en la jerga el “chayote”, o también comprar a los directivos del medio. Si logran ese objetivo, el medio deja de ser informativo para pasar a ser orgánico, es decir, al servicio del poder. Al momento en que se es orgánico se reduce a pavonear o envilecer al poder, así de ilegal como también represor, porque todo es al servicio de la “democracia y desarrollo”.

Si el medio o periodista se apega a la necesidad social de informarse tal como son los hechos, sin caer en falsas noticias, sin amarillismo, y si el poder no logra su objetivo del “chayote”, entonces la amenaza al periodista o al medio es inminente. De no lograrlo, la represión se ejerce en denunciar por demeritar la “moral” del político, empresario o funcionario, como también al medio en el que trabaja.

El último paso que da el poder si ve que todos sus actos de represión no funcionan, entonces el asesinato o ejecución del periodista, que también se ejerce la desaparición forzada del mismo. Cualquiera de esos mecanismos es represión contra medios y periodistas “incómodos”.

Claro que no se debe olvidar que además de los poderes, quienes reprimen la libertad de expresión y de prensa sin medida alguna porque son amos de un entramado “legal”, en México como en otros países es el narcotráfico y crimen organizado, quienes también impiden que se informe sus actos criminales, el asesinar personas o grupos sociales para acrecentar su negocio y adueñarse de territorios. Damos cuenta, que desde el gobierno de Vicente Fox, sobre todo con Felipe Calderón, el crimen organizado da origen a miles de muertos y desaparecidos a la fecha.

Luego del asesinato de la periodista Lourdes Maldonado en Tijuana, Baja California y de los periodistas Margarito Martínez Esquivel y José Luis Gamboa (tres homicidios ocurridos con días de diferencia), se suman a los de otros 148 comunicadores que han perdido la vida desde el año 2000, en donde la constante tiene nombre: impunidad.

Las cifras que aportan organizaciones internacionales dan precisamente cuenta de la falta de justicia en los crímenes que se cometen contra el gremio periodístico. Reporteros Sin Fronteras destaca que en México la impunidad es casi total pues entre el 95 y 99 por ciento de los asesinatos de periodistas, el autor intelectual queda libre.

Leopoldo Maldonado, director regional de Artículo 19, explicó que a la violencia contra periodistas le acompaña la impunidad que es casi absoluta en el país. Al respecto, señaló que “la impunidad es un problema de Estado y no solo de una dependencia, en donde hay una serie de responsabilidades que no se están asumiendo a nivel institucional.”

“La impunidad tiene como telón de fondo el interés político en mantener sin castigo los crímenes contra la prensa”, destacó el activista.

El representante del Comité para la Protección de Periodistas (CPJ por sus siglas en inglés), Jan Albert Hootsen y Balbina Flores, de Reporteros sin Fronteras en México (RSF), consideraron que la impunidad es el factor que incentiva estos crímenes porque el mensaje que se envía es que cualquier persona que quiera matar a una periodista como Lourdes lo puede hacer con muy pocas consecuencias.

“Mientras la impunidad prevalezca en los asesinatos de periodistas, es decir, que no se lleve a los tribunales y a sentenciar a los autores materiales e intelectuales, pues el mensaje es que esto puede seguir pasando”, dijo Flores Mendoza.

En ese sentido, Albert Hootsen citó las propias cifras con las que cuenta el Gobierno: “No podemos tampoco desligar el hecho de que los niveles de impunidad no han bajado durante la gestión de Andrés Manuel López Obrador. La propia Secretaría de Gobernación la semana pasada nos ofreció cifras señalando que al menos el 91 por ciento de los asesinatos de periodistas que ocurrieron durante el Gobierno de López Obrador están quedando en completa impunidad y la impunidad es el factor que determina todo”.

En los asesinatos contra periodistas, las organizaciones que documentan las agresiones han encontrado -tras analizar, recabar información y testimonios- un posible vínculo entre crimen organizado y autoridades.

“Cuando cometen este tipo de agresiones contra la prensa (los perpetradores) no lo cometen al margen de las autoridades, lo comenten con algún nivel de complicidad, ya sea directa o por la omisión en la que incurren las autoridades investigadoras que no llegan a esclarecer los hechos ni a sancionar a los responsables”, dijo Leopoldo Maldonado.

México terminó el 2021 con la nada honrosa distinción de ser el país más peligroso para los periodistas con siete comunicadores asesinados. Fue el tercer año consecutivo en que la nación es catalogada como un lugar peligroso para ejercer el periodismo. Como se comentó, tan sólo en enero, tres comunicadores más han sido asesinados. Los nombres de Lourdes Maldonado, Margarito Martínez Esquivel y José Luis Gamboa se suman a la lista de Artículo 19 de 148 comunicadores que han perdido la vida desde el año 2000 por posible vínculo con su labor.

“México es uno de los países más letales en contra de la prensa por encima de países en guerra. El nivel de violencia que están viviendo las y los periodistas en el país es inaceptable si se quiere avanzar a una verdadera democracia”, advirtió Leopoldo Maldonado.

El país ocupa además el puesto 143 entre 180 países en la Clasificación Mundial de Libertad de Prensa 2021 de Reporteros Sin Fronteras. En los últimos cinco años, al menos 47 periodistas han sido asesinados en México en relación con su trabajo periodístico, según las mismas cifras.

Los datos del CPJ apuntan a su vez que en lo que va del actual Gobierno, desde diciembre de 2018, hay al menos 32 informadores asesinados y 15 desaparecidos. La información aportada por esta organización indica que, en los últimos cinco años, a 10 periodistas que tenían algún tipo de protección les ha sido arrebatada la vida.

Balbina Flores destacó que otro factor es que los mecanismos de protección no han sido capaces hasta este momento de garantizar la seguridad del gremio.“Con esto no quiero decir que los mecanismos realmente no han salvado vidas: sí lo han hecho, hay 1500 personas bajo su protección, pero también es cierto que falta muchísimo por hacer, por ser más eficiente y reforzar más su equipo operativo de comunicación interna.”

El punto radica en la impunidad con la que se actúa y no se llega a esclarecer y ubicar desde el asesino físico como el intelectual, quienes en la mayoría de los casos, permanecen libres.

rodrigo.ivan@yahoo.com.mx

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