La propuesta de la reforma política

La nueva reforma política que propone el Presidente toca tumores del sistema político mexicano

Muchos temas que el presidente López Obrador lanza al debate generan tormentas. Este último de la propuesta de Reforma Electoral lo hace en grado superlativo.

Es una propuesta, no perder de vista.

Pero va a fondo, toca lo intocable en el sistema político mexicano.

Toca los cimientos y pilares que sostienen, que han sostenido, a la élite política mexicana en varias décadas.

Pone unos cartuchos de dinamita en las autopistas por donde ha transitado la clase política mexicana para llegar al cielo del poder. Al paraíso, al mundo de los privilegios.

Vías de lujo que han utilizado todos los partidos, todos, hay que decirlo.

En estricto sentido, casi cada presidente en funciones reforma el sistema electoral.

De 1940 a la fecha ha habido ocho reformas a las reglas del juego para ganar elecciones. Unas de mayor hondura, de fuertes repercusiones, otras medianas y otras más de fachada.

De manera que quienes se rasgan las vestiduras por este enorme cascabel que el Presidente le pone al gato en realidad dramatizan.

Se debe partir de principios que con frecuencia se olvidan, sobre todo cuando la miel del poder seduce y emborracha a sus beneficiarios durante décadas.

Ningún órgano es eterno. Todo está sujeto a cambios o reformas. Lo que funcionó en un tiempo debe adecuarse a la actualidad.

Las reglas electorales son obra humana, por tanto, con errores y perfectible.

Nuestros aparatos electorales no son, como se suele idealizar, ni puros, ni perfectos, ni inmaculados. Menos eternos. Han sido y son reflejo del sistema. Desde la cúpula del poder, donde se hacen los arreglos que atienden enormes y graves intereses, políticos y económicos, legales y de facto, se diseña la arquitectura para el reparto del poder.

Claro, se cubren las formas democráticas. A veces, vía reformas políticas, el poder cede trozos a los opositores a regañadientes, otras por conveniencia, algunas más como formas de equilibrio, y por lo común se cambian muchas cosas para seguir igual. El famoso “gatopardismo”.

Los abogados suelen decir: “hecha la ley, hecha la trampa”, y así ha sido. Los Presidentes siempre han procurado dosificar el poder a las oposiciones. Y los partidos, la mayor parte de ellos y las más de las veces, corresponden a esa generosidad volviéndose colaboracionistas del poder, con elevadas pagas, o cargos o canonjías.

Excepcionalmente o temporalmente, algunos partidos no se han prestado al juego de complicidades disfrazadas u oposiciones simuladas.

La historia del país y de cada estado de la república tiene miles de casos de lo contrario: un mundo de tráfico de puestos, cargos, presupuestos y mil formas en que se lucra bajo el manto de las reglas electorales.

Casi no hay diputado o senador o regidor que se respete, que no se haya visto envuelto en negocios, tranzas o descarados robos con el uso y abuso del poder, y con el servilismo al presidente o gobernador en turno. Ahora mismo en Puebla, una dama de obesa presencia está embarrada en millones de pesos derivados de los manejos partidistas.

Pues mucho de esto, esa estructura intocada durante décadas, sacrosanta para las vacas sagradas del poder en nuestro país, es la que pretende tocar esta reforma política presidencial. Un conjunto de ideas claramente disruptivas, un rayo en seco.

Los alcances de la propuesta son muchos, pero algunos tienen que ver con eliminar esa nómina parasitaria de los diputadossenadores o regidores plurinominales o de lista, y la multimillonaria cifra en pesos que eso significa.

O desarticular y darle otra forma al monstruo electoral que ha sido el IFE o INE, más los órganos electorales de cada uno de los 32 estados -que si bien han mostrado eficiencia y funcionalidad muchas veces- representan verdaderos ríos de miles de millones cada año, que no se traducen en elecciones de un nivel de calidad del primer mundo.

Los cuerpos electorales federales han sido grandes filtros del poder para, vía cuotas de reparto al proponer consejeros o magistrados, los partidos participen subrepticiamente -y a veces no tanto- en los arreglos y componendas más allá de las elecciones.

Y las instituciones electorales de cada estado, replicando lo que sucede en el ámbito federal, son tierra de dominio de los gobernadores, que las usan igualmente, para ajustar el ajedrez electoral acorde con sus intereses, sus grupos, su Estado bajo control.

Esto y cincuenta costras purulentas más, busca tocar a fondo el bisturí de la nueva reforma política que propone el Presidente y que está en debate.

No será fácil que se apruebe y lo más probable que es que no suceda esto, porque el partido en el poder no tiene la mayoría calificada en el Congreso para hacerlo.

Pero de todos modos será interesante ver el comportamiento de cada estamento de la clase política.

Por sus dichos y posiciones los conoceréis.

xgt49@yahoo.com.mx

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