El binomio medios-poder público

Vemos una especie de huachicol periodístico con esos dos actores en el reparto

Complexión: baja. Ego: obeso.
Propensión al lenguaje engreído. La soberbia a flor de piel.
Búsqueda del dinero fácil, en oscuros vínculos con los poderosos.
Todo bajo el falso paraguas del periodismo.
Es el caso de Arturo Rueda.

Hemos comentado aquí otras veces que el 90 por ciento de quienes incursionan en el periodismo, en muy corto tiempo descubren su verdadera vocación: el comercio.

Y por ahí se van…
Revise usted.

El periodismo es también una muy ancha autopista, muy ancha, en la que hay… ¡hasta periodistas!

El periodismo es una actividad apasionante, noble, maravillosa, de la que se puede vivir con dignidad. No enriquecerse. Quien desde este oficio lo ha logrado, ha seguido otros tortuosos caminos al amparo de la noche, de la simulación, del trafique.

Y sí, se han hecho fortunas. Lo decíamos, el comercio. Nada de eso puede exhibirse con la frente en alto por la calle, con el orgullo íntimo, con el pecho limpio frente a los hijos.

La mancha, el estigma acompaña a quienes así han procedido.

Y la mancha brota, marca como un brochazo de aguas negras la fama propia o el apellido de los descendientes. Esto no falla.

Es como los ahogados, al tercer día flotan.

El escándalo que ha brotado en Puebla no es nuevo. Ha existido siempre esa especie de huachicol periodístico. El término, recordemos, nos remite a la adulteración del tequila en la zona del Bajío y Jalisco, hace más de un siglo.

El fenómeno ha requerido siempre de dos actores. De un lado el pseudo periodismo y sus socios, protectores o aliados. Generalmente políticos en el poder o fuera del poder.

Del otro, gente del poder público.

Unos roban, otros extorsionan al que roba. A veces hacen negocios juntos. Y llegan a chocar, brotan los intereses, emerge el escándalo.

En realidad, en esta faceta delincuencial al amparo del periodismo hay un muestrario enorme de formas de proceder.

Inventar, calumniar, difamar, es una de tantas herramientas para sembrar terror en la víctima. Ahí se agrede para cobrar.

En otros casos la operación se disfraza de chantaje. Ahí cobran por guardar silencio; como bien sintentiza el libro biográfico de Denegri: El vendedor de silencio.

Pero casi siempre el mártir escogido tiene una trayectoria punible. Y cede a los arreglos. Y ambas partes sepultan en silencio sus enjuagues. Y todos contentos.

Pero a veces el escándalo brota, como ahora vemos.

En realidad, Arturo mismo no se identifica como periodista. En el asqueroso video que destapó la cloaca él se dice “administrador de reputaciones de políticos”.

A confesión de parte…

Ese estilo había tenido una extensa y larga trayectoria. Pero gozaba de una muda impunidad. Y una red de complicidades.

Atrás de él, como manejando los hilos, (con una buena rentabilidad de por medio, claro) han estado, como ahora vemos, exalcaldes, exdiputados, gobernadores.

Y en torno a ellos otros beneficiarios de ese estilo delincuencial, bajo la sombra protectora de un periódico. Pero también de estaciones de radio y televisoras.

Locutores de ambos sexos han seguido ese lucrativo negocio apenas con disimulo. Por lo común proceden con cuidado, guardando las formas. Así obtienen jugosos contratos del poder, concesiones, negocios, obra pública, prebendas de todo tipo.

Casos ha habido de otro género, puestos públicos o cargos de representación popular. Sí, se ha llegado a la Cámara… pasando por la recámara.

El poder no ha sido ajeno a estos andares corruptos. Ha sido pieza muy importante en ese binomio.

Usa los medios, asegura silencio, o los convierte en arietes contra sus adversarios, con la misma mecánica. Un sicariato en los medios para servicio del poder.

Juegan con fuego.
Esto no permanece en penumbra por siempre y para siempre.
Dejan huellas, hay testimonios, hay resentidos que hablan.
Por encima de esta especie de subsuelo social está el manto impoluto del cinismo.

Ambas partes predican limpieza, pulcritud, honorabilidad, legalidad, profesionalismo.

Esa es la triste realidad de la mayor parte de los medios, diríamos que el 90 por ciento.

El resto son lunares, islotes de esfuerzo sostenido, compromiso duramente mantenido con individualidades ejemplares o pequeños espacios que nutren a la sociedad.

Decía alguien acertadamente, que ese alto porcentaje de medios que se pudrieron en el camino, es la consecuencia de periodistas que dejaron de escribir para los lectores y lo hacen para sus jefes, patrones o patrocinadores.

Entre otras razones, esa es la causa de la muy pobre penetración, credibilidad y confianza de los medios.

Muchos quieren tumbar al Presidente, pero están parados en un suelo fangoso, en medio de un lago de corrupción.

xgt49@yahoo.com.mx

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